
Sara Olano es psicóloga y también, desde hace más de ocho años, voluntaria de la protectora BaasGalgo. Su experiencia en ambos ámbitos hizo que su intervención durante la segunda jornada del VI Congreso de Derechos de los Animales fuera particularmente interesante: abordó el impacto emocional de la protección animal y la necesidad de cuidar a quienes dedican su tiempo a ayudar a los animales.
Es un tema tan importante como necesario: de un tiempo a esta parte se habla mucho -y hay cada vez más recursos- sobre el burnout en la profesión veterinaria pero es también habitual en el ámbito de la protección animal y aquí está mucho más desatendido.
Además, al tratarse en su mayoría de personas voluntarias es fácil que tiren la toalla, que dejen de colaborar porque les resulta demasiado duro, que se alejen del mundo de la protección animal... Y esto es en detrimento de los animales a los que cuidaban y de las protectoras a las que ayudaban.
Como destacó la propia Olano: “Los animales no nos necesitan destruidos, nos necesitan enteros, constantes y sostenibles en el tiempo”
Aquí podéis escuchar su intervención completa, merece mucho la pena, y a continuación os dejamos un resumen de los puntos más importantes.
La paradoja del cuidador: la empatía que impulsa a ayudar también puede convertirse en una fuente de sufrimiento
Las personas que se implican en el rescate y la protección animal se exponen a situaciones de abandono, maltrato y dolor que pueden afectar a su bienestar psicológico. Olano destaca que cuidar de uno mismo forma parte de la responsabilidad de seguir cuidando de los animales. Medir el compromiso por las horas dedicadas o por cuánto se sufre puede llevar a una implicación difícil de sostener.
Poner nombre al malestar ayuda a comprenderlo y a reducir la culpa
Hay distintos fenómenos que pueden aparecer en este ámbito: el estrés traumático secundario, asociado a conocer o presenciar el sufrimiento de otros seres; la fatiga por compasión, vinculada a la exposición continuada a ese dolor; y la angustia moral, que surge ante la falta de recursos o los límites del sistema. Igual de importante es el duelo desautorizado, cuando el entorno resta importancia a la pérdida de un animal e invalida un dolor legítimo.
Vivir permanentemente en modo urgencia puede conducir al agotamiento y al abandono del voluntariado
Responder a cada rescate, cada aviso o cada caso crítico dejando de lado el descanso, la salud y la vida personal tiene un coste. Frente al modelo del “activista mártir”, Olano defiende un voluntariado sostenible, basado en la planificación, el cuidado mutuo y la aceptación de que ninguna persona puede llegar a todo. Poner límites permite conservar la capacidad de ayudar a largo plazo.
La protección animal también proporciona satisfacción, vínculos y sentido de propósito
Ver cómo un perro que llega aterrorizado empieza a confiar, busca contacto y recupera bienestar puede actuar como un amortiguador del desgaste emocional. La satisfacción por compasión, el sentimiento de pertenencia y la posibilidad de contribuir a un cambio son recursos valiosos para quienes participan en una asociación. Compartir valores y experiencias con otras personas también ayuda a afrontar la incomprensión que a veces se encuentra fuera de este ámbito.
El autocuidado necesita traducirse en decisiones concretas
Entre las herramientas planteadas por Olano están: revisar el diálogo interno excesivamente exigente, aprender a decir no y proteger el tiempo de descanso, trabajo y ocio. También se señaló la importancia de limitar la exposición a denuncias, imágenes y vídeos de crueldad animal. Estar disponible de forma permanente o consumir continuamente contenido doloroso puede aumentar la sobrecarga.
Crear una transición entre el voluntariado y la vida personal puede facilitar la desconexión
Olano propone hacer pequeños rituales al terminar un turno, un transporte o una actividad: cambiarse de ropa, hacer un trayecto en silencio, darse una ducha o dedicar un momento a respirar de forma consciente. Son gestos que pueden ayudar a marcar un límite físico y mental y a recuperar espacios propios de descanso y cuidado.
Las asociaciones deben ser también espacios de apoyo para sus equipos
Además de organizar rescates y atender a los animales, las entidades pueden ofrecer un entorno donde hablar de tristeza, frustración o cansancio sin miedo a ser juzgado. Compartir estas experiencias con personas que las comprenden ayuda a aliviar la carga y a reducir el aislamiento. Comunicar la necesidad de una pausa y acordar descansos temporales también forma parte de una participación saludable.
Otra de las conclusiones más claras aportadas por Olano es que reconocer el propio estado emocional es un primer paso para cuidarse.
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